Recientemente, mi familia y yo tuvimos la bendición de integrarnos a la bella congregación de la iglesia Betesda en Orizaba, Veracruz. Desde que el Señor tocó el corazón de mi esposo en diciembre de 2025 (tras un largo tiempo en que estuve alejada del rebaño), Él ordenó nuestras vidas. Como es de esperarse, el llamado al servicio no tardó en llegar.

Antes de entrar en ese tema, quiero compartirles que muchos hermanos amados en la fe nos guiaron y recibieron con profundo amor. Entre discipulados, cursos, oraciones y pastoreo, invirtieron tiempo y estudio en nosotros. Estamos profundamente agradecidos con Dios porque, a través de ellos, sentimos su cuidado hacia nosotros como nuevas criaturas (bueno, yo no tan «nueva», ¡pero aquí estamos!).

Con las vacaciones de verano de 2026, las escuelitas bíblicas de vacaciones florecieron por toda la ciudad. Me llena de alegría ver cómo, casi al unísono, las iglesias pusieron manos a la obra para cumplir la gran comisión con los más pequeños, de quienes Jesús dijo: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis».

Fuimos llamados a servir en la escuelita. Como maestra de adolescentes con algo de experiencia, no dudé en apoyarla junto a mi compañero de aventuras y nuestro hijo. Sin embargo, me asignaron al grupo de preescolares. Usamos un material maravilloso que nos proporcionaron los hermanos Jorge y Karen: «Estación Iluminación» (de Lifeway). Ya había olvidado el arduo trabajo, la dedicación y el esfuerzo (¡y los recursos!) que implica este servicio cada año. Qué gratificante fue aportar lo poco que somos a un Dios tan grande. A Él sea la gloria, pues nuestro tiempo, energía y trabajo le pertenecen.

Pero quiero aprovechar este espacio para visibilizar una problemática de la cual confieso formar parte, y que deseo poner como motivo de oración: el uso excesivo de las pantallas.

Sé que no se lo esperaban, y que tal vez en este momento no sea muy coherente, pero te invito a que sigas leyendo…

En esa corta semana atendimos a 20 pequeños preescolares. Hubo de todo: risas, llanto, cansancio, frustración (hasta una que otra subida de presión arterial jajaja) y hermosos asomos de interés. Aunque servir es un gozo y un honor, también fue un enorme desafío.

Cuando mi amado esposo y yo tuvimos a nuestro hijo, hace ya 8 años, busqué herramientas para la crianza y encontré el libro «¡Porque lo mando yo!» del Dr. John Rosemond (escrito en 1998, pero con atinadas advertencias (y actualmente confirmadas) sobre la tecnología). Al terminar de leerlo recientemente, me dio mucha claridad sobre por qué la experiencia con los preescolares fue particularmente exhaustiva este año. Al principio pensé que se debía a mi falta de práctica con esa edad o a la cantidad de niños, aunque debo destacar que mi compañera y hermana en la fe Carito, jamás perdió el control gracias a su excelente labor como docente. Pero en mi interior me preguntaba: ¿esto es lo normal?¿Así de cansado será siempre? 

El Dr. Rosemond señala que los años preescolares son el periodo formativo más crítico de la vida, donde el niño desarrolla su forma de relacionarse con el mundo. Advierte que las pantallas actúan como un narcótico, produciendo un estado de pasividad, sobreestimulación y adicción. Al intentar retirarlas, los niños experimentan ansiedad, irritabilidad y rebeldía. Para calmar las rabietas, es común que los padres cedan devolviendo el dispositivo en busca de un momento de paz.

Esto me llevó a comprender que atender a las nuevas generaciones es un reto tanto en la docencia secular como en el evangelismo. Tratamos con pequeños de familias que aún no conocen al Señor, personas que no cuentan con la guía del Espíritu Santo para entender la crianza y la paternidad como una prioridad familiar.

Deseo que este texto nos lleve a todos los hijos de Dios a orar por esta necesidad ya que por diversas circunstancias sociales, económicas, educativas y de valores, muchos padres han puesto a los niños a entretenerse con pantallas desde muy pequeños, exponiéndolos a un sinfín de ataques del maligno y convirtiendo la enseñanza en un desafío donde se exige más entretener y captar la atención que instruir.

Sin embargo, lejos de desanimarnos por la condición en que vienen los pequeños, confiemos en la verdad de la Escritura: «La palabra de Dios es viva y eficaz» (Hebreos 4:12) y «no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada…»(Isaías 55:11).

Incluso si a nosotros como creyentes nos llega a pasar, que el Espíritu Santo nos recuerde que la crianza es nuestro primer ministerio y que los padres tenemos una gran responsabilidad bíblica con nuestros hijos (Proverbios 22:6, Colosenses 3:21, Efesios 6:4). Que esta realidad nos impulse a orar, a colaborar activamente en las escuelitas bíblicas y a mirar a nuestro prójimo con profunda compasión y amor.                        

-Hna. Marian García.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *